olvidan esta complicación y llaman religiosa a toda felicidad como tal. El señor Havelock Ellis, por ejemplo, identifica la religión con todo el campo de la liberación del alma de los estados de ánimo opresivos.
«Las funciones más simples de la vida fisiológica —escribe— pueden ser sus ministros. Todo aquel que esté medianamente familiarizado con los místicos persas sabe cómo el vino puede considerarse un instrumento de religión. En verdad, en todos los países y en todas las épocas, alguna forma de expansión física —el canto, la danza, la bebida, la excitación sexual— se ha asociado íntimamente con el culto. Incluso la expansión momentánea del alma en la risa es, por leve que sea, un ejercicio religioso. … Siempre que un impulso del mundo choca contra el organismo, y el resultado no es malestar ni dolor, ni siquiera la contracción muscular de la hombría vigorosa, sino una expansión gozosa o aspiración de toda el alma, hay religión. Es lo infinito lo que hambrientos anhelamos, y surcamos gozosos cada pequeña ola que promete llevarnos hacia ello».