Una muchedumbre de gente, principalmente mujeres, abarrotaba la iglesia iluminada para la boda. Los que no habían logrado entrar por la entrada principal se agolpaban en torno a las ventanas, empujando, disputando y fisgoneando a través de las rejas.
Más de veinte carruajes ya estaban alineados en hileras a lo largo de la calle por la policía. Un oficial de policía, sin importarle la escarcha, estaba de pie en la entrada, magnífico con su uniforme. Más carruajes seguían llegando continuamente, y señoras que llevaban flores y cargaban con sus colas, y hombres que se quitaban los cascos o los sombreros negros no cesaban de entrar a la iglesia.
Dentro de la iglesia ya estaban encendidas ambas lámparas y todas las velas ante las santas imágenes. El dorado sobre el fondo rojo del facistol, y el relieve dorado en los iconos, y la plata de las lámparas y los candeleros, y las piedras del suelo, y las alfombras, y los estandartes arriba en el coro, y los escalones del altar, y los viejos libros ennegrecidos, y las sotanas y los sobrepellices—todo estaba inundado de luz.
A la derecha de la cálida iglesia, entre la multitud de levitas y corbatas blancas, uniformes y paño, terciopelo, satén, cabellos y flores, hombros y brazos desnudos y largos guantes, se entablaba una discreta pero animada conversación que resonaba extrañamente en la alta cúpula.
Cada vez que se oía el crujido de la puerta al abrirse, la conversación en la multitud se apagaba y todos se volvían esperando ver entrar a los novios.
Pero la puerta se había abierto más de diez veces, y cada vez se trataba de un invitado o invitados retrasados, que se unían al círculo de los invitados a la derecha, o de un espectador, que había burlado o ablandado al agente de policía, y pasaba a unirse a la muchedumbre de forasteros de la izquierda.
Tanto los invitados como el público de fuera habían pasado ya por todas las fases de la expectación.
Al principio se imaginaron que la novia y el novio llegarían inmediatamente, y no le dieron ninguna importancia a que llegaran tarde.
Luego empezaron a mirar cada vez más a menudo hacia la puerta, y a hablar sobre si les habría podido pasar algo.
Luego la larga demora comenzó a ser francamente incómoda, y los parientes y los invitados intentaban aparentar que no estaban pensando en el novio, sino que estaban absortos en la conversación.
El primer diácono, como para recordarles el valor de su tiempo, tosía con impaciencia, haciendo vibrar los cristales en sus marcos. En el coro se oía a los aburridos coralistas ensayando la voz y sonándose la nariz. El sacerdote enviaba continuamente, primero al bedel y luego al diácono, para averiguar si el novio había llegado; cada vez con más frecuencia iba él mismo, con una casulla lila y un fajín bordado, a la puerta lateral, con la esperanza de ver al novio.
Por fin, una de las señoras, mirando su reloj, exclamó: «¡Pues la verdad es que es extraño!», y todos los invitados se inquietaron y comenzaron a expresar en voz alta su asombro y descontento. Uno de los padrinos del novio fue a averiguar qué había sucedido.
Kitty, entretanto, hacía ya mucho tiempo que estaba lista y, con su vestido blanco, su largo velo y su corona de azahares, aguardaba en el salón de la casa de los Shcherbatski junto a su hermana, la señora Lvova, que era su madrina de boda. Estaba mirando por la ventana y, desde hacía más de media hora, esperaba ansiosa la noticia del padrino de que su novio se hallaba en la iglesia.
Levin entre tanto, en pantalones, pero sin la levita ni el chaleco, paseaba de un lado a otro por su habitación del hotel, asomando continuamente la cabeza por la puerta y mirando arriba y abajo por el corredor.
Pero en el corredor no había rastro de la persona que buscaba y volvía desesperado, agitando frenéticamente las manos, y se dirigía a Stepán Arkádievich, que fumaba serenamente.
—¿Hubo jamás un hombre en una situación de necio tan espantosa? —dijo.
—Sí, es una tontería —convino Stepán Arkándievich, con una sonrisa tranquilizadora—. Pero no te preocupes, lo traerán enseguida.
«¡No, qué se le va a hacer! —dijo Levin con furia reprimida—. ¡Y estos idiotas de chalecos escotados! ¡Ni hablar! —dijo, mirando la pechera arrugada de su camisa—. ¡Y si se han llevado las cosas a la estación! —gritó desesperado».
—Entonces debes ponerte el mío.
“Debí haberlo hecho hace mucho tiempo, si es que alguna vez debí hacerlo”.
«No es agradable parecer ridículo. … ¡Espera un poco! ya pasará».
La cuestión era que, cuando Levin pidió su traje de etiqueta, Kuzmá, su viejo criado, le había traído la casaca, el chaleco y todo lo necesario.
—¡Pero la camisa! —exclamó Levin.
—Llevas puesta una camisa —respondió Kouzma, con una sonrisa plácida.
Kouzma no había pensado en dejar fuera una camisa limpia y, al recibir instrucciones de empaquetarlo todo y enviarlo a casa de los Shcherbatski, desde donde los jóvenes debían partir esa misma noche, lo había hecho, guardando todo menos el traje de etiqueta. La camisa que llevaba puesta desde la mañana estaba arrugada y era impensable para usarla con el chaleco escote de moda. Estaba muy lejos como para mandar a buscar algo a casa de los Shcherbatski.
Mandaron a comprar una camisa. El criado regresó; todo estaba cerrado: era domingo. Mandaron a buscar a la casa de Stepán Arkádivich y trajeron una camisa, pero era imposiblemente ancha y corta. Mandaron por fin a la casa de los Shcherbatski a desempacar las cosas.
Esperaban al novio en la iglesia mientras él iba y venía por su habitación como una fiera enjaulada, asomándose al corredor y recordando con horror y desesperación las cosas absurdas que le había dicho a Kitty y lo que ella podría estar pensando ahora.
Por fin el culpable Kuzmá entró jadeando en la habitación con la camisa.
—Por los pelos. Justo lo estaban subiendo a la furgoneta —dijo Kuzmá.
Tres minutos más tarde, Levin corrió a toda velocidad por el corredor, sin mirar el reloj por miedo a agravar sus sufrimientos.
—Así no vas a arreglar nada —dijo Stepán Arkáievitch con una sonrisa, apresurándose tras él con más calma—. Ya se arreglará, ya se arreglará… te lo digo yo.