destino de ellos y el suyo. Y era extraño que en realidad estuvieran hablando de lo absurdo que era Iván Ivánovitch con su francés y de cómo la muchacha de los Eletsky podría haber hecho un matrimonio mejor, pero estas palabras tenían todo el tiempo consecuencias para ellos, y sentían exactamente lo mismo que Kitty. Todo el baile, todo el mundo, todo parecía perdido en la niebla en el alma de Kitty. Nada más que la férrea disciplina de su educación la sostenía y la obligaba a hacer lo que se esperaba de ella, es decir, bailar, responder preguntas, hablar, e incluso sonreír.
Pero antes de la mazurca, cuando empezaban a recolocar las sillas y unas pocas parejas pasaban de las salitas al salón grande, un momento de desesperación y horror sobrevino a Kitty.
Había rechazado a cinco parejas y ahora no bailaba la mazurca. Ni siquiera tenía la esperanza de que se lo pidieran, porque tenía tanto éxito en sociedad que a nadie se le ocurriría la idea de que se hubiera quedado sin pareja hasta entonces.
Habría tenido que decirle a su madre que se sentía mal e irse a casa, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Se sentía abatida.
Fue hasta el fondo del saloncito y se dejó caer en un sillón bajo.
Sus faldas ligeras y transparentes se elevaron como una nube alrededor de su esbelta cintura; uno de sus brazos, desnudo, delgado, suave y juvenil, caía lánguidamente, perdido entre los pliegues de su túnica rosa; en la otra mano sostenía su abanico y, con movimientos rápidos y cortos, se abanicaba el rostro ardiente.
Pero, aunque parecía una mariposa aferrada a una hoja de hierba, a punto de desplegar sus alas de arco iris para un nuevo vuelo, su corazón dolía con una desesperación horrible.