marido, apretando con fuerza sus delgadas manos con los anillos que se le resbalaban por los dedos huesudos, y se puso a repasar en la memoria toda la conversación. «¡Se ha ido! ¿Pero habrá roto con ella?», pensó. «¿Será posible que la vea? ¡Por qué no se lo pregunté! No, no, la reconciliación es imposible. ¡Aunque sigamos en la misma casa, somos extraños, extraños para siempre!». Repitió de nuevo con especial significado una palabra tan espantosa para ella. «¡Y cómo lo amaba! ¡Dios mío, cómo lo amaba!... ¡Cómo lo amaba! ¿Y ahora no lo amo? ¿Acaso no lo amo más que antes? Lo más horrible es que...», empezó, pero no terminó el pensamiento, porque Matrona Filimónovna asomó la cabeza por la puerta.
—Mandemos a buscar a mi hermano —dijo—; él al menos puede conseguir una cena, o si no los niños se quedarán sin comer hasta las seis otra vez, como ayer.
—Muy bien, iré en seguida a ver de qué se trata. ¿Pero mandó a buscar leche fresca?
Y Daria Alexandrovna se sumergió en las tareas del día y ahogó en ellas su dolor por un tiempo.