condesa Nordston encontró a Korsunsky, con quien debía bailar la mazurca, y le dijo que invitara a Kitty.
Kitty bailaba en la primera pareja y, por suerte para ella, no tuvo que hablar, porque Korsunsky no paraba de correr de un lado a otro dirigiendo las figuras.
Vronsky y Anna se sentaban casi enfrente de ella. Los veía con su vista de larga distancia y los veía también de cerca, cuando se cruzaban en las figuras, y cuanto más los veía, más convencida estaba de que su desdicha era completa.
Veía que se sentían solos en aquella sala llena de gente. Y en el rostro de Vronsky, siempre tan firme e independiente, vio aquella mirada que la había impresionado, de desconcierto y humilde sumisión, como la expresión de un perro inteligente cuando ha hecho una travesura.