—¡Perdón! ¡perdón! ¡Vals! ¡vals! —gritó Korsunsky desde el otro lado de la sala, y tomando a la primera señorita que encontró a mano, se puso a bailar él mismo.
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—¡Perdón! ¡perdón! ¡Vals! ¡vals! —gritó Korsunsky desde el otro lado de la sala, y tomando a la primera señorita que encontró a mano, se puso a bailar él mismo.