Stepán Arkádievich era un hombre sincero consigo mismo. Era incapaz de engañarse y de persuadirse de que se arrepentía de su conducta. No podía a estas alturas arrepentirse del hecho de que él, un hombre apuesto y sensible de treinta y cuatro años, no estuviera enamorado de su mujer, madre de cinco hijos vivos y dos muertos, y apenas un año menor que él.
De lo único que se arrepentía era de no haber tenido más éxito en ocultárselo a su mujer. Pero sentía toda la dificultad de su situación y se compadecía de su mujer, de sus hijos y de sí mismo.
Posiblemente se las habría arreglado para ocultar mejor sus pecados a su mujer si hubiera previsto que el conocimiento de estos iba a tener tal efecto en ella. Nunca lo había pensado con claridad, pero había vagamente concebido que su mujer debía de sospechar desde hacía mucho tiempo que le era infiel y hacer la vista gorda ante el hecho.
Incluso había supuesto que ella, una mujer ajada, ya ni joven ni atractiva, sin nada de notable ni interesante, meramente una buena madre, debía adoptar un punto de vista indulgente por un sentido de equidad. Había resultado ser todo lo contrario.
—¡Ay, qué horror! ¡ay, Dios mío, Dios mío! ¡Qué horror! —no cesaba de repetir Stepán Arkáievitch para sus adentros, sin ocurrírsele nada que pudiera hacerse. —¡Y qué bien iban las cosas hasta ahora! ¡Qué bien nos entendíamos! Ella estaba contenta y feliz con sus hijos; jamás me metí en nada suyo; la dejaba encargarse de los chicos y de la casa como le viniera en gana. Es verdad que fue un error que fuera institutriz en nuestra casa. ¡Eso estuvo mal! Hay algo vulgar, corriente, en coquetear con la institutriz de uno. ¡Pero qué institutriz!