Por la mañana, Konstantin Levin salió de Moscú y, hacia el atardecer, llegó a su casa. Durante el viaje en tren, habló con sus vecinos sobre política y los nuevos ferrocarriles y, al igual que en Moscú, se vio invadido por una sensación de confusión de ideas, insatisfacción consigo mismo y vergüenza de quién sabe qué cosa.
Pero cuando bajó en su propia estación, cuando vio a su cochero tuerto, Ignat, con el cuello del abrigo levantado; cuando, a la luz tenue reflejada por los fuegos de la estación, vio su propio trineo, sus propios caballos con las colas atadas y los arneses adornados con anillos y borlas; cuando el cochero Ignat, mientras le colocaba el equipaje, le contó las noticias del pueblo: que el contratista había llegado y que Pava había parido, sintió que poco a poco el desconcierto se iba disipando y la vergüenza y el descontento consigo mismo iban desapareciendo.
Sintió esto con la sola presencia de Ignat y de los caballos; pero cuando se hubo puesto el abrigo de piel de oveja que le habían traído, se hubo sentado bien envuelto en el trineo y emprendió la marcha pensando en el trabajo que le esperaba en el pueblo, mientras miraba fijamente al caballo de refuerzo, que había sido su caballo de silla, ya un poco viejo pero un animoso animal del Don, comenzó a ver lo que le había sucedido bajo una luz completamente distinta.
Se sentía a sí mismo, y no quería ser nadie más. Todo lo que deseaba ahora era ser mejor que antes. En primer lugar, resolvió que desde ese día renunciaría a esperar cualquier felicidad extraordinaria, como la que el matrimonio debía haberle dado, y en consecuencia no desdeñaría tanto lo que realmente tenía.