“Si le interesa mi profesión de fe al respecto, le diré que no creo que hubiera ninguna tragedia en ello. Y esta es la razón. Para mi modo de ver, el amor... las dos clases de amor que, como recordará, define Platón en El banquete, servían como prueba para los hombres. Unos hombres solo entienden una clase, y otros solo la otra. Y los que solo conocen el amor no platónico no tienen por qué hablar de tragedia. En esa clase de amor no puede haber ningún tipo de tragedia. «Le agradezco mucho la complatencia, mis humildes respetos», esa es toda la tragedia. Y en el amor platónico no puede haber tragedia, porque en ese amor todo es claro y puro, debido a que...”
En ese instante, Levin recordó sus propios pecados y la lucha interior que había vivido. Y añadió de repente:
—Pero tal vez tengas razón. Es muy probable… No sé, no sé.
—Es esto, ¿no lo ves? —dijo Stepán Arkádievitch—, tú eres de una sola pieza. Esa es tu gran virtud y tu defecto. Tienes un carácter de una sola pieza, y quieres que toda la vida sea también de una sola pieza, pero las cosas no son así. Desprecias la labor burocrática porque quieres que la realidad coincida invariablemente y en todo momento con el fin, y las cosas no son así. También quieres que el trabajo de un hombre tenga siempre un fin definido, y que el amor y la vida familiar sean siempre indivisos, y las cosas no son así. Toda la variedad, todo el encanto, toda la belleza de la vida se compone de luces y sombras.
Levin suspiró y no respondió nada. Estaba pensando en sus propios asuntos y no oyó a Oblonsky.
Y de pronto ambos sintieron que, aunque eran amigos, aunque habían estado cenando y bebiendo juntos, lo cual debería haberlos unido más, cada uno estaba pensando únicamente en sus propios asuntos, y no tenían nada que ver el uno con el otro.