desacostumbrado con las manos. En el último escalón tropezó, pero apenas rozando el hielo con la mano, con un violento esfuerzo se reincorporó y salió patinando, riendo.
—¡Qué espléndido, qué simpático es! —pensaba Kitty en aquel momento, al salir del pabellón con Mlle. Linon, y lo miraba con una sonrisa de afecto tranquilo, como si fuera un hermano querido—. ¿Y será culpa mía?, ¿habré hecho algo malo? Hablan de coqueteo. Sé que no es a él a quien amo; pero, aun así, soy feliz con él, y es tan alegre. Solo que ¿por qué dijo eso?… —cavilaba.
Al ver que Kitty se alejaba y que su madre salía a recibirla a los escalones, Levin, ruborizado por el rápido ejercicio, se detuvo y reflexionó un momento. Se quitó los patines y alcanzó a la