—Vaya, bueno, no tienes muchos pecados en la conciencia.
—¡Ay de mí!, a pesar de todo —dijo Levin—, cuando con repugnancia repaso mi vida, me estremezco, la maldigo y la lloro con amargura... Sí.
—¿Qué quieres que le hagamos? El mundo está hecho así —dijo Stepán Arkáievitch.
“El único consuelo es como aquella oración, que siempre me ha gustado: ‘Perdóname no según mi indignidad, sino según Tu compasión’. Es la única manera en que ella puede perdonarme”.