En la universidad me topé un día con un pasaje de Spinoza que encaja a la perfección, donde dice que ‘las verdades son las falsedades que han envejecido con los años’”.
—Simplemente eres pesimista; ya te encarrilarás con el tiempo —aconsejó Mimi, descubriéndose interesada a pesar de sí misma.
Carl retomó sus palabras.
“¡Pesimista! ¡Tranquilízate! ¡He oído esas palabras con variantes mil veces! ¿Por qué habría de tranquilizarme? Si solo trabajara como un esclavo durante diez o quince años, ganara algo de dinero, me casara con una muchacha respetable pero aburrida que tuviera un montón de hijos y engordara en pocos años, y luego cayera en una rutina de la que nunca saldría, ¡entonces contaría con la aprobación de todas esas cotillas de ahí como un ‘joven bondadoso, íntegro y cristiano’!”.
Sus últimas cinco palabras estaban repletas de desprecio por la respetabilidad que la comunidad deseaba para él.
“No quiero mucho dinero —continuó con vehemencia—. Quiero ver cosas y vivir cosas y—y—” Miró a Mimi, con cierta duda y vacilación, y luego lo soltó de golpe como si esperara que lo regañaran—: ¡escribir! Fue casi un grito de desafío. Para Mimi había mucho de infantil en su gesto de desafío, pero también había algo noble en ello. El peso de la conversación de los otros muchachos que conocía solía ser: «Cuando esté ganando tal o cual cantidad de dólares» o «Cuando sea médico y haya montado una gran consulta». Carl le interesaba mucho más de lo que había creído posible. De hecho, ni siquiera había pensado que pudiera interesarle. Había algo de su propio espíritu en su desafío a las costumbres locales; sus palabras le hicieron comprender cuán profundamente se había hundido ella misma en la rutina de las normas convencionales.