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XI

Sin embargo, una vivía, la otra se había ido, y experimentó una reconfortante sensación de que Jean no la consideraría desleal. Se preguntó qué rumbo tomarían sus nuevas relaciones con Carl. Ahora que Hilda había quedado descartada del problema… ¿⁠ ⁠? Pesando, meditando, preguntándose, se durmió ligeramente. Seguramente ya se habrán ido, pensó al bajar de nuevo al salón al despertarse, atraída hacia Jean como la lima de hierro es atraída por un potente imán.

Las sillas junto a la ventana estaban vacías y Mimi se alegró. Se sentó de nuevo junto al féretro y la paz volvió a invadirla. Cuánto tiempo permaneció allí sentida no lo sabía, perdida como estaba en sus propias reflexiones divagantes y caóticas.

De nuevo le vino la sensación de que no estaba sola. Los susurros se alzaron una vez más, esta vez desde las sombras al otro lado del féretro. Trató de apartarlos de su mente, de perderse otra vez en sus propios pensamientos.

Después de todo, pensó, están intentando mostrar su respeto por Jean y su disposición a ser útiles. Es considerado por su parte venir aquí y hacer guardia.

Desde la cocina llegaban el murmullo de unas voces y el aroma a café. Quizá se vayan pronto aunque solo sea para tomar algo de comer.

No se fueron. Aunque hizo todo lo posible por cerrar sus oídos y su mente a las palabras que flotaban a tropezones hacia ella, Mimi sintió que su resentimiento volvía a surgir. La señora Plummer y la señora King discutieron el precio probable del féretro, de los muebles. Specularon sobre lo que harían la viuda y la hija ahora, en qué clase de situación financiera las había dejado el difunto. Mimi oyó el nombre de Carl

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