a la mujer más joven muchos consejos útiles y su alegría no había tenido límites cuando estos habían sido acogidos, elaborados, perfeccionados y embellecidos de tal manera que los libros de contabilidad habían mostrado un marcado incremento en el volumen de negocio. Francine se veía obligada a admitir, aunque sus confesiones fuesen apesadumbradas y se las guardara para sí, que el trato cauto y diplomático que Mimi dispensaba a varios clientes acaudalados que solían comprar la mayor parte de sus artículos en otras modistas había supuesto el traslado de prácticamente todo su negocio a su propio establecimiento. Y había, según notaba, cierto número de mujeres con fortuna y poca cosa más que, bajo ninguna circunstancia, permitirían que ninguna otra persona las asesorara en cuanto a colores, telas y diseños que no fuera Mimi. Madame Francine estaba satisfecha: Mimi serviría. Algún día, quién sabe si Mimi podría ocupar su lugar y ella podría, con la mente en paz, retirarse para el largo descanso y la vida sosegada que siempre se había prometido.
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