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XV

oscuridad tras el destello gris. Sus oídos zumbaban. Se presionó las palmas de las manos contra ellos para aliviar el estruendo en su interior. Se alegró cuando por fin la locomotora eléctrica abrió paso entre el laberinto de vías sinuosas del lado de Nueva York.⁠ ⁠…

Aturdida por la inmensidad de la Pensylvanya Station, intimidada por las multitudes apresuradas que al parecer tenían un destino fijo cuya consecución en el menor tiempo posible era aparentemente de gran importancia, Mimi cedió con protesta su maleta gastada al maletero y lo siguió escaleras arriba. Miró hacia arriba, escrutando los rostros que observaban a los pasajeros entrantes a través de unas rejas de hierro que le hacían pensar en prisioneros o animales ansiosos por escapar. El miedo se apoderó de ella: no se veía a la tía Sofía por ningún lado, pero ese miedo se convirtió en felicidad cuando se vio inundada por el afectuoso saludo de su tía.

—Pobre, querida, debería enojarme contigo por no haber venido a verme antes, pero me da tanto gusto verte que simplemente no puedo —la recibió su tía.

Abriéndose paso con destreza entre la multitud, condujo a Mimi, que tenía los ojos desorbitados ante la pasmosa inmensidad del edificio, de nuevo hacia las entrañas de la tierra.

Avergonzada de su novatada, Mimi se encogió ante el monstruo rugiente que saltó hacia ellas desde la negrura bostezante de una caverna oscurecida aún más por luces tenues apenas perceptibles en la gruta. Con un horrible chirriar de frenos, la criatura se detuvo y Mimi se vio empujada hacia su interior.

Estación tras estación pasaron y una vez más salieron a la calle, esta vez en un entorno más familiar para ella, aunque extraño, y su desconcierto disminuyó muy poco.

Porque aquí había una vida nueva, bulliciosa, exótica, individual.

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