embarcaciones cien veces más gigantescas que las naves talladas en los grandes árboles de los guerreros negros. …
“A veces estoy arriba, A veces estoy abajo, Oh, sí, Señor; A veces estoy casi por los suelos …”
Otro puerta se abrió para Mimi. Esta vez vio un barco zambulléndose en el seno de olas inmensas.
A bordo paseaban de un lado a otro marineros desbarbados, de ojos hundidos y aspecto feroz, que procuraban sofocar con juramentos, golpes y patadas los clamorosos gritos de sus pasajeros negros.
Estos iban apiñados en alojamientos malolientes e insuficientes, donde cada día merodeaba el espectro cuya visita significaba una boca menos que alimentar.
Cuerpos negros eran arrojados descuidadamente por la borda. Apenas uno de ellos tocaba el agua, aparecían siniestras rayas grises y blancas que se apoderaban del cuerpo mucho antes de que los lamentos desde el barco se hubieran apagado en la distancia.