Para ella, su dichosa indiferencia hacia los demás era tan atroz como si le estuvieran aplicando hierros al rojo vivo en su propia carne. Al principio rechazó furiosamente la idea de que Mimi estuviera intentando atraer deliberadamente a Carl. A medida que la distante conversación continuaba, empezó a coquetear ociosamente con la noción, dándole vueltas en su mente una y otra vez, aunque le dolía, muy a la manera en que uno se toca constantemente una muela dolorida con la lengua.
Luego se aferró firmemente a esa creencia, convencida de que Mimi intentaba arrebatarle a Carl —a su Carl, el de Hilda— con malas artes. Sabía que esto no era verdad; se aborrecía a sí misma por desconfiar de su amiga. Pero una y otra vez volvía a esa misma desconfianza, que rozaba peligrosamente el odio. Era como encontrarse con una persona que sufre alguna deformidad facial o corporal, un labio leporino o un ojo de vidrio, y proponerse no reparar en el defecto, pero verse fascinada e incapaz de apartar la mirada de aquello mismo que se había impuesto no mirar.
Hilda was all the more ashamed of her feeling toward Mimi because, so far as Carl knew, there was no reason why Hilda should have any claim upon him.
There had never been any word of love between them, he had always been rather fond of her in an offhand way, had called her, as long as she could remember, “Little Sister.” She hated the term not alone because it seemed to her banal but more because of the mild affection it implied, vastly inferior in intensity to her own emotion.
Reason, however, plays but small part when one’s love is concerned, thought Hilda, and she returned to her brooding. …
“Me parece que estás cometiendo un error —le decía mientras tanto Mimi a Carl—. Te empeñas en insistir en la forma en que las mujeres