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XXIV

Lágrimas furtivas acudieron a los ojos de Mimi y formaron pequeñas cascadas por sus mejillas. Un verso acudió a su mente con punzante pertinencia: "La música anhelando como un Dios herido".

Sabía que había hallado la respuesta al enigma que la había desconcertado. Miró a Jimmie mientras este se carraspeaba la garganta con rudeza, avergonzado de la emoción que también se había apoderado de él. Él le parecía ajeno, un perfecto desconocido. Se maravillaba de haber se casado con este hombre, de haber vivido con él, a quien no conocía.

En silencio regresaron a casa en auto por la silenciosa y vacía zona baja de la Quinta Avenida. Mimi, sin hablar, se fue a su habitación y cerró la puerta. Una calma serena la invadió. Ahora sabía por qué se había sentido incómoda, inquieta, insatisfecha con la vida que al principio le había parecido tan feliz.

Sabía también que Jimmie no entendería, que no podía entender. ¿Debía intentar explicárselo? No, decidió. Era mejor dejar intactos sus sueños e ilusiones —ya de por sí tenía bastante poca felicidad real—. Y sus convicciones, sus prejuicios estaban demasiado arraigados, estaba segura, para permitirle comprender sin dolor ni sufrimiento. Él había hecho todo lo que pudo; no era enteramente culpa suya. ⁠…

Un sol brillante pero frío se deslizaba sobre los tejados desde el este mientras ella cerraba suavemente la puerta a sus espaldas y se quedaba de pie en el peldaño más alto. Otro libro de su vida se cerraba con el portazo. Mimi levantó los ojos hacia la cruz de la iglesia al otro lado de la plaza. Alzó la cabeza y enderezó los hombros. Inspiró jubilosamente bocanadas profundas de aire frío en sus pulmones.

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