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Capítulo II

Tiene una mina de oro prácticamente intacta —pensó—, y le convenceré de que puede ganar diez veces más de lo que gana. Jean, mientras tanto, creía haber dado la discusión por terminada para

Mimi, bautizada como «Annette Angela Daquin» pero conocida desde entonces solo como «Mimi», tenía once años cuando Mary Robertson entró en la vida de Jean Daquin. Desde el principio, Mimi había sentido en su interior una barrera que se levantaba contra los intentos de amistad que hacía Mary Robertson. Mimi no sentía antipatía. Tampoco afecto. Si Mimi hubiera analizado sus sentimientos hacia esta criatura nueva y ajena que había llegado, a modo de torbellino, a sus apacibles vidas, habría hallado indiferencia o, tal vez, una aceptación pasiva de la recién llegada como uno de los caprichos del destino. Esta tranquila aceptación se debía en no pequeña medida a que Mimi se daba cuenta de que esta nueva criatura aportaba un estímulo muy necesario para Jean. Pues Mimi era madura para sus once años. De modo que Mimi la aceptó sin protesta audible, incluso cuando Jean insinuó que Mary Robertson podría venir y ocupar el lugar de Margot.⁠ ⁠…

Así que Jean y Mary se casaron primero ante el padre André en la pequeña iglesia católica a la que Jean siempre había asistido, y después ante el reverendo George W. Brown, de la Iglesia Bautista Ebenezer, denominación a la que pertenecía Mary.

Al matrimonio se levantaron tempestades de protesta por parte de los parientes y amigos tanto de Mary como de Jean. Él era alternativamente injuriado y compadecido por casarse con una outsider, una que, aunque respetable y digna, no era sin embargo de sangre criolla. > «Le pauvre Jean», se lamentaban, «el dolor y la bebida han debilitado su entendimiento».

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