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Ella le había pedido a Jean, con su inocencia, que le hablara de estos bailes, pero por alguna razón que no supo explicar, él había evadido su pregunta y parecía sentirse algo avergonzado por ello.

No, concluyó, con todos sus defectos y pequeños aspectos desagradables, prefería quedarse con los suyos. Al parecer, ellos sacaban mucho más partido de la vida que vivían, con todas sus barreras, que aquellos que tenían más pero parecían infinitamente menos felices con ello.

Sus pensamientos, se dio cuenta, giraban siempre en un círculo cuyo centro exacto era Carl.

Se preguntó por qué él y ella no habían acabado antes con sus preocupaciones aceptando el amor que les había llegado. Todo había sido tan inútil, tan infantil, y Mimi, con la reticencia de la juventud a considerarse juvenil, se sentía un tanto avergonzada de que hubieran actuado de un modo tan inmaduro e infantiloide.

Ahora que había dejado de luchar contra el amor por Carl —que comprendía que había estado en su corazón todo el tiempo—, su aire inquieto y preocupado la abandonó. Yacía en su estrecha cama y sonreía con ternura al volver a sentir los labios de este, cuyos besos al principio habían caído sobre los suyos como golpes suaves y delicados.

Se estremeció con felicidad al sentir de nuevo la áspera posesividad en la que se habían transformado sus labios; no fue consciente de ningún daño hasta ahora, al percatarse de que sus propios labios estaban ligeramente hinchados allí donde él la había apretado contra sí, mientras ella se entregaba dichosa.

Se preguntaba en qué terminaría todo aquello mientras se quedaba dormida. …

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