Apresuradas multitudes fluían hacia el metro y el tren elevado, vertiéndose en torrentes aparentemente interminables desde incontables teatros.
—¿Y ahora qué? —preguntó Bert mientras trataba de protegerla de la multitud apresurada.
«Te diré una cosa: quiero ver un cabaret de negros en Harlem. Se lo he insinuado a Jimmie, pero nunca se ha ofrecido a llevarme. Aunque él parece saber mucho sobre ellos...» pensó, dejando la última frase sin pronunciar.
Bert paró un taxi y se pusieron en marcha. Mimi se preguntó por qué demonios había sugerido Harlem. Había pasado casi una década desde la última vez que había estado al norte de la calle 125; se preguntó si se encontraría con alguna de las personas que había conocido allí años atrás. La moda de los espectáculos negros en Broadway, Shuffle Along, Runnin’ Wild y otros, la popularidad de Miller y Lyles y de Florence Mills, no la habían tocado directamente. De pronto se dio cuenta de que se había mantenido alejada de ellos por miedo a encontrarse con algunos de sus antiguos amigos o conocidos y sufrir así situaciones posiblemente embarazosas al tener que explicarle a Jimmie por qué conocía a esa gente. Se rió de sí misma por tonta mientras se recostaba cómodamente en el cálido taxi; hacía mucho tiempo que la habían olvidado en la vida siempre cambiante de Harlem. Ni siquiera ella sabía quién se había hecho cargo del negocio de su tía Sophie cuando la señora Rogers había regresado a vivir a Nueva Orleans.
De repente comprendió por qué le había venido a la mente el impulso de ir a Harlem. Era por la afirmación que había hecho Wu Hseh-Chuan: «... solo vuestros negros han resistido con éxito la mecanización...», así fue como lo expresó. Ahora que sedirigía una vez más hacia Harlem, sintió la vieja atracción que la había invadido aquella primera noche en Nueva York,