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IV

sentirse fuera de lugar, a desear estar en su casa con su costura o en su piano. Sabiendo que no había escapamiento, se puso a examinar a las mujeres que la rodeaban. Recordaba pocos de sus nombres, pero eso no le preocupaba. Notó que ninguna de las mujeres presentes era más oscura que un marrón claro, y sus cutis variaban desde ese tono hasta uno indistinguible del blanco. Justo cuando este hecho acudió a su mente, captó un fragmento de conversación de un grupo cercano a ella que se vinculaba de manera sorprendente con su propia observación.

Una mujer esbelta, muy esbelta, de labios que apretaba con fuerza cada vez que empezaba o terminaba una frase, estaba hablando.

“… parece que la señora Adams ha estado yendo al Gran Teatro de la Ópera y comprando asientos en la platea, haciéndose pasar por blanca, y viendo todas las obras que han estado viniendo aquí. Bueno, el otro día, cuando iba entrando, cierta persona de color la vio y fue a decírselo al gerente. Ella intentó disimular pero no le sirvió de nada; la hicieron salir”.

—Bien empleado le está —comentó con dulzura una de las compañeras de la sabelotodo, con satisfacción en el tono—. Ir a donde no la quieren. Siempre se creyó que sabía más que el resto de nosotras. Me cuentan que ella y Hilda lavan su propia ropa después del anochecer y la tienden en el patio cuando nadie las ve, y luego se levantan antes del amanecer para recogerla... ¡Oh!, ¿cómo está, señora Adams? No la vi entrar. ¡Y qué mona va! Lleva un vestido nuevo precioso —interrumpió al aparecer el tema de su conversación.

Mimi se preguntaba cómo podía haberse obrado un cambio tan milagroso en el grupo que ahora charlaba con naturalidad y cordialidad, con muchísima cordialidad, con ella, la misma que había sido expulsada del teatro local y que lavaba su ropa al caer la noche.

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