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XVII

Sabía la importancia suprema de alejar de la transacción del trueque la más mínima sugestión de compraventa. Sabía la necesidad de causar unas primeras impresiones adecuadas en el comprador, y de mantener dicha impresión.

Se entraba en su establecimiento después de que un portero magníficamente ataviado le hubiera abierto a uno la puerta del carruaje o del automóvil.

Dentro, uno se hallaba en lo que en realidad era un salón, exento por supuesto de cualquier mínima sospecha de vulgaridad, de comercio.

  • La alfombra era negra y gris, la carpintería de un gris con la más leve sugerencia de tostado, los cortinajes eran grises y de color mora.
  • Las luces tenues de los apliques de pared y del techo no emitían ningún resplandor áspero; la iluminación proporcionada era justo la necesaria para combinar el aire requerido de respeto por las maravillas de más allá y de más arriba, y la luz precisa para los ritos de la conversación en tonos bajitos.
  • Sillas y sofás de delicada estructura combinaban o contrastaban deliberadamente con los colores de la alfombra y los cortinajes.

Sacerdotisas de voz suave, esbeltas y con túnicas impecables se deslizaban silenciosamente hacia adelante para saludar a uno y averiguar qué deseaba, como si lo estuvieran recibiendo en el hogar de la propia sacerdotisa —recibido, tal vez, no por la dueña de la casa, sino por una parienta más pobre de la dueña que viviera allí.

Sobre una mesa de ónice había tal vez un sombrero posado en un soporte. O en una vitrina empotrada de luz suave descansaba un bolso extraordinariamente exquisito y bello. O un frasco de perfume,

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