almorzar conmigo. Tengo que enseñarle algunas de las cosas preciosas que he comprado: antigüedades auténticas, cuadros y montones de cosas bonitas; pero Horace dice que soy una tonta por gastar tanto dinero en estas cosas de «frgoles»... dice que me timan cada vez que entro en un sitio...
Mimi intentó alegar una multiplicidad de compromisos, pero fue en vano. La señora Crosby, cuando era una mujer pobre, había tenido el don de hacer que la gente hiciera lo que ella quería.
Ahora que su agresividad estaba respaldada por una riqueza mucho mayor de la que jamás había soñado que el mundo poseía cuando era joven, solo se la podía evadir echando a correr bruscamente.
Mimi hizo una mueca al entrar en el coche color lavanda adornado con el enorme monograma dorado de los Crosby. La resistencia era inútil, se dio cuenta, y la señora Crosby le compraba muchas cosas a Francine. Aunque sus vestidos siempre parecían haber sido comprados en la Calle Catorce de Nueva York, en algún lugar al este de la Avenida.
—Querido, ayer compré la estatuita más mona y dulce que jamás