—Esos dos de ahí están bailando el ballin’ the jack —explicó Carl mientras señalaba entre la multitud a otra pareja cuyas rodillas se movían en contraste con los hombros de los primeros. Aquí, allá, por todo el salón, le señalaba a la fascinada Mimi la originalidad de los bailarines, que se movían sin seguir ninguna forma establecida que no fuera la de sus propios impulsos, agitados por los extraños y movidos acordes de la orquesta negra.
Y la orquesta ponía de su parte con la misma alegría que los bailarines, como si ella también hubiera pagado su entrada por el placer de tocar.
Carl explicó que prácticamente ninguno de sus miembros había tomado jamás una lección de música, ninguno de ellos sabía nada de la teoría musical.
—Tienen instinto y ritmo, y, bueno, ¿qué más necesitan? —concluyó con una sonrisa.
Mimi nunca había sabido que algo así existiera. Por encima de todo había una nota primitiva, una libertad de inhibiciones que confería gracia y éxtasis a los bailarines y a los músicos. Exhilaraba a uno y le hacía olvidar la sofocación y la penumbra de la sala y los olores a veces fétidos que surgían a medida que avanzaba el baile. Sabía que aquello era algo original —no sabía explicarlo ni tampoco podía decir cómo o por qué sentía que allí había algo vital y viviente—. Solo sabía que tenía una cualidad vibrante y cálida, y con eso bastaba.
—¿Te acuerdas de los versos de Dunbar? —preguntó Carl. Sin esperar respuesta, los recitó en voz baja:
“Cripple Joe, de ole rheumatic, danced that flo’ frum side to middle. Throwed away his crutch an’ hopped it, what’s rheumatics ’gainst a fiddle?