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VIII

—Ella te quiere, Carl —concluyó Mimi—, y se ha estado imaginando todo el verano que yo, su mejor amiga, he estado intentando seducir-te para alejarte de ella. Sin embargo, ahora ya sabe que no hay nada entre nosotros. Así que, por su bien y ya que hemos empezado a hablar de esto, es mejor que nos veamos menos.

Añadió, casi como una ocurrencia tardía: —Aunque me fastidia la satisfacción que les vamos a dar a estas viejas cotillas.

—Pero, Mimi —protestó Carl, con el rostro elocuente del dolor que llevaba dentro—, Hilda es una chica sumamente agradable y le tengo cariño tal como le tengo cariño a mi propia hermana, Mildred. ¡Y quisiera saber quién nos vio en ese baile para darle un buen puñetazo! —añadió con amargura.

—De nada serviría; entonces estarían seguros de que hemos hecho algo terrible —aconsejó ella.

—Hace un momento, Mimi, dijiste que no hay nada entre nosotros. No he pensado en ti de esa manera, Mimi, pero⁠—pero⁠— —balbuceó, intentando tomar su mano.

—No digas tonterías, Carl —se rio Mimi, apartándose de él—. Sintió una punzada de culpa, de deslealtad hacia Hilda por haberse expresado de un modo tan burdo. Cuando Carl repitió sus palabras, ella se avergonzó de ellas; sonaban casi como si las hubiera pronunciado con la esperanza de que Carl las negara—. Lo hemos pasado bien juntos, he aprendido mucho y te lo agradezco. Me has dado una fe en mi propia gente que nunca antes había tenido. Antes de venir a Atlanta nunca pensaba mucho en «gente blanca» o «gente de color». Simplemente pensaba en la gente como gente. Y entonces llegó aquella terrible noche de los disturbios. Después de eso odié a todos los blancos y empecé a pensar que cada negro era perfecto, aunque el sentido común me decía que era una tonta. Ahora empiezo a ver lo bueno y lo malo, en la gente blanca y en la gente de color, y eso ya es algo.

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