Algunas de estas regresaban más tarde a visitar a Francine convertidas en clientas o visitaban los talleres vestidas con costosos abrigos de piel y vestidos de alta costura, luciendo hermosas joyas. Sylvia también se fue a su debido tiempo para abrir una tienda en el alto Broadway, por la zona de la calle Noventa. —Empezaré por el vecindario K. W.; hay más dinero ahí cuando estás empezando —le dijo a Mimi—. Ojalá vinieras como te he suplicado y te asociaras conmigo. Pero Mimi prefería quedarse en lo de Francine, donde tenía la seguridad de apartar cada semana dinero para Jean.
Los años de la guerra pasaron. Con el tiempo, estadounidenses vestidos de caqui marcharon por la Quinta Avenida y fueron trasladados misteriosamente a otra parte. La guerra se convirtió en una realidad sombría y horrible, y su influencia acabó por sentirse incluso en la quietud de la casa de Francine. Mimi trabajaba sin quejarse, con constancia, con inteligencia. Le encantaba manipular los tejidos delicados, especialmente los de colores brillantes. Para ella, aquellas telas vaporosas eran la encarnación de una tierra muy, muy lejana de las duras realidades. Cuando nadie miraba, dejaba deslizar entre sus dedos un trozo frágil de seda o gasa, de azul ahumado o verde gélido, como un avaro con su oro. Sobre todo, le apasionaban los rojos intensos, los azules vivos, los tonos más marcados. En un mundo de tanteos imprecisos, aquello era para ella algo positivo y real, en vez de los matices vaporosos y más claros. A menudo se reía de sus sueños necios entretejidos con aquellas telas —las pequeñas historias fascinantes que inventaba para su propia diversión a fin de aliviar el tedio de las hileras interminables de hilos e hilvanes—. Aun así, le ofrecían consuelo y ella seguía soñando. …
Su destreza y su inventiva penetraron con el tiempo incluso en aquel sagrado y temible salón del tercer piso donde la mismísima Madame Francine se sentaba con majestuoso esplendor cuando estaba en la tienda.