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IV

Jean, con total franqueza y con una ecuanimidad que lo asombraba, se daba cuenta de que se habían distanciado más que nunca y seguían encontrando sus placeres en campos muy diversos. La señora Daquin, bajo la hábil dirección de la señora Hunter, había recibido y aceptado una invitación para unirse al Club Fleur-de-Lis. Cada vez más, para su intenso deleite, la señora Daquin se encontraba aceptada en el círculo íntimo de la sociedad negra y pronto pudo hablar con total naturalidad con aire compasivo de aquellos que no pertenecían a los elegidos.

Había ganado también, gracias a sus esfuerzos, la conformidad religiosa por parte de Jean y Mimi, aunque esta victoria había venido de la mano de un aliado inesperado. Ella había ido, no sin protestar, con Jean y Mimi a una de las iglesias católicas locales. Allí les habían denegado la entrada con un rechazo firme e inequívoco, y se habían mostrado asombrados de que siquiera se hubieran atrevido a pensar que podían asistir a los servicios religiosos allí. Jean, entristecido y con la fe tambaleándose, había ido a ver al sacerdote más tarde para protestar por la negativa a admitirlos, pero no había encontrado ningún consuelo; incluso su pregunta (que era más una protesta que una interrogación) sobre si la Virgen María bendecía o negaba su bendición a los católicos de piel oscura quedó sin respuesta.

Que se pudiera ver obligado a sentarse en una sección segregada de la iglesia era algo que se le había ocurrido a Jean. En los últimos años, esa costumbre había ganado popularidad incluso en Nueva Orleans, en las iglesias que no congregaban exclusivamente a personas de raza negra. Pero que se le negara incluso la entrada había sido un golpe tremendo del que nunca se recuperó por completo. La señora Daquin no había dicho nada, pero una leve sonrisa que a Mimi le pareció gritar jubilosamente: «¡Te lo dije!», surcó su rostro. Las

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