“Bueno, otro día entonces—¡pero tienes que conocerlo!” La señora Crosby sonrió, aplacada por el insincero cumplido de Mimi.
Mimi se hundió en los suaves cojines y observó los tiendas y a los transeúntes a lo largo del bulevar, con la mente entregada solo a medias a la cháchara de la señora Crosby.
No era tan difícil llevarse bien con esta vieja mimada, decidió. Habla por los codos y al parecer ni siquiera espera respuestas a sus preguntas directas.
Para cuando llegaron al hotel, Mimi ya se había acostumbrado tanto a la incesante cháchara como al zumbido constante del motor.
Decir que la señora Crosby, con Mimi a su zaga, cruzó el vestíbulo del hotel sería, hasta cierto punto, una descripción inexacta del avance de aquella voluminosa dama. Su desplazamiento de un punto a otro, para las mentes irreverentes y para esas almas toscas que o bien ignoraban la idea que la señora Crosby tenía de lo que constituía la gran distinción, o bien, conociéndola, eran lo suficientemente ignorantes como para no quedar debidamente impresionadas por ella, podía describirse con propiedad como una asombrosa combinación de contoneos, balanceos, soplidos, cojeras y arrastres de pies. A veces parecía una enorme ola de carne que subía y bajaba, subía y bajaba, hasta que amainaba sobre la orilla de su objetivo. Otras veces Mimi la imaginaba como uno de los remolcadores bufonescos y ruidosos del East River; es decir, si uno de aquellos barcos estuviera pintado de un brillante color rosa o azul.