Hubo dos o tres ocasiones durante el primer año de casados en que a ella le pareció ver una mirada burlona e indecisa en los ojos de Jimmie, pero siempre le seguía algún comentario jovial que demostraba que él no había estado pensando, como ella había sospechado y temido, en aquellas cosas que ella había querido decirle y que él había interrumpido. Él la amaba con una devoción que la convertía en el centro de todos sus pensamientos, y nunca era más feliz que cuando ella mostraba su agrado, de alguna pequeña manera, por algo con lo que él había querido complacerla. «No solo eres la más hermosa, sino la esposa más agradecida y maravillosa que un hombre ha tenido jamás», solía decirle, y su voz siempre dejaba ver sin lugar a dudas la sinceridad que subyacía bajo sus no muy sutiles cumplidos.
Llevaban un poco más de un año de casados. Mimi echó un vistazo distraído a la correspondencia junto a su plato en el desayuno mientras Jimmie cumplía con su habitual rito de entresacar los bocados más jugosos del World.
“‘Amenazan con una nueva reorganización de la prohibición’: ¡hum!, los contrabandistas debieron de haber empezado con eso; ahora van a subir los precios del licor por las nubes; hablando de eso, Mimi, ¿cómo ando de reservas? La ginebra debe de estar quedando algo escasa; hoy mismo llamaré a McCarthy. … Oye, mira esta joyita: sobre un judío que le vende túnicas al Ku Klux Klan. A propósito, Mimi, ¿has visto mi pin de los Shriners tirado por ahí en alguna parte? Debo de habérmelo dejado en el traje gris cuando lo mandé a la tintorería la semana pasada. Llámalos para ver si fue así, ¿quieres? … Aquí hay una de Georgia. Un hombre le pregunta a un lugareño cuánto maíz espera cosechar este año y el lugareño responde: ‘Oh, unos cien galones’. Oye, tiene su gracia, ¿no te parece?