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XX

Tres veces al día siguiente levantó el auricular del teléfono de su escritorio y volvió a colgarlo al oír su voz.

Cuando se disponía a salir del edificio al terminar la jornada, lo vio esperando afuera justo a tiempo para dar media vuelta y salir por la puerta trasera.

Él le escribió, pero sus cartas quedaron sin respuesta.

Una vez lo vio cruzar peligrosamente la Quinta Avenida, esquivando taxis y autobuses por un pelo mientras los conductores lo maldecían y le gritaban con soltura, pero una tienda cercana le brindó un refugio amistoso.

Ella rezaba para que él se desanimara, para que se enojara con ella. Y aun mientras rezaba, un espíritu malévolo en su interior libraba batalla contra su ruego y la hacía esperar fervientemente que él no olvidara. Sabía que si lo veía no sería capaz de contener las semillas del amor que había descubierto que habían echado raíces de manera milagrosa y brotado de forma alarmante. No lo llamaba «amor»⁠: «estúpida cabezonería que pasará» era el nombre que le daba. Debatió la sensatez de su conducta, se preguntó qué pasaría si se entregaba al impulso de ceder ante ese sentimiento hacia él que la embargaba después de haber apagado la lamparilla de noche junto a su cama y yacía allí entre las sábanas frescas y escuchaba los ruidos de la calle que le llegaban tenues. Protegía su aguda sensibilidad ante cada diminuto impacto de la experiencia y del pensamiento contra los golpes rudos intentando alejar de sí el núcleo de la realidad. Pues la realidad la asustaba al mismo tiempo que la fascinaba, la hacía anhelar alejarse sigilosamente de ella y encontrar refugio en algún reino de olvido donde estuviera a salvo. Luchando implacable y despiadadamente contra esa timidez estaba su sentido común, que se había acrecentado enormemente debido a las experiencias que le había tocado vivir.

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