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XVI

Mimi olvidó los días de su miseria. Los años pasados en Atlanta se volvieron difusos e irreales ante la entusiasta felicidad de su nueva vida. De nuevo tenía la sensación de que las cosas que tanto la habían afligido nunca habían sucedido realmente, que eran o bien la fantasmagoría de una pesadilla o las penas de una existencia que había vivido antes de esta vida.

Rara vez pensaba en su madrastra, quien había regresado a Chicago y allí se habí́a vuelto a casar. De igual modo había borrado a los Hunter de sus pensamientos. Cuando llegaba a pensar en ellos o en Carl, le parecian irreales, como apariciones de un sueño vagamente recordado.

Se había recuperado por completo incluso de su odio y desprecio hacia Carl. A la luz de su vida desde que había dejado Atlanta, ahora lo veía con aún mayor claridad como el individuo débil que era. Le hacía gracia ahora recordar cuán devota, cuán apasionadamente lo había amado durante esos pocos meses.

«Era una tontita ingenua entonces», se reía divertida de sí misma cuando llegaba a recordarlo.

Todo el episodio le parecía ahora algo bastante insignificante y sin valor. El único consuelo que podía extraer de ello era la satisfacción de no haber sucumbido a un compromiso deshonesto.

Hasta sus años en Filadelfia empezaron a desvanecerse en el terreno de las cosas medio recordadas y medio olvidadas. De vez en cuando se carteaba con los Manning, pero a medida que los meses volaban, notaba que su interés disminuía incluso en ese contacto con la anciana pareja que había sido tan amable con ella.

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