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XVII

momentánea en Nueva York antes de emprender de nuevo el vuelo hacia Europa, las montañas o la orilla del mar, ponían al límite a las tiendas de modistas y sombrereros, a los confeccionadores de botas, vestidos y atuendos de mil clases destinados a aquellos vagamente clasificados como la «alta sociedad».

Ágiles dedos volaban, las agujas de las máquinas de coser entraban y salían relucientes como gotas de lluvia plateada en un chaparrón de verano.

Yardas, rollos y toneladas de sedas translúcidas, crespones de China y organdí se convertían de la noche a la mañana en delicados vestidos.

Un invierno largo y desagradablemente frío exhalaba su último susurro y leves ráfagas de brisas más suaves acariciaban las mejillas de las multitudes apresuradas, anunciándoles que la primavera estaba cerca.

La imprevista demanda de ropa nueva y más abundante trajo consigo la necesidad de trabajadoras.

Mimi, habiéndose propuesto firmemente la nueva vida que había elegido, determinó que empezaría por los establecimientos más elegantes en su búsqueda de empleo e iría descendiendo gradualmente hasta conseguir lo que deseaba.

Conocía los nombres y direcciones de las modistas más exclusivas, las tiendas donde se suministraban trajes y vestidos a las mujeres mejor vestidas de Nueva York, Oshkosh y Sioux City.

Para su asombro y deleite, tuvo éxito en el primer lugar al que se postuló —en el de Francine—, conocido dondequiera que se conociera la mejor ropa de mujer.

El nombre de Francine era recibido con ese tono de respetuoso homenaje que solo se concede a los nombres de Paquin y Lucile y Worth y Bendel y Jean Patou y Frances.

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