CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 254 de 366
Table of Contents

XVII

apartamentos, la mayoría de cinco o seis pisos de altura y de ladrillo crema con adornos de terracota o piedra, albergaban a un sinfín de familias, expulsándolas de siete a nueve de la mañana mientras pequeños empresarios, estenógrafas, manicuristas y oficinistas corrían frenéticamente hacia la estación de metro o de tren elevado más cercana. En los pequeños puestos de periódicos arrebataban, según sus gustos, ejemplares del World o del Times, aunque, más que a cualquier otro proveedor de noticias, compraban ejemplares de «el periódico para la gente que piensa». Elegantes y bien alimentados, empolvados, maquillados y con los labios pintados por mano experta, eran tragados por las fauces bostezantes e insaciables y arrastrados hacia empleos en el centro por los metros rápidos y rugientes.

Más tarde, en el día, enjambres de niños salían a borbotones de los mismos apartamentos, en invierno rumbo a la escuela, en verano hacia el parque más cercano o la calle, custodiados por madres pendencieras o hermanas mayores.

Más tarde aún aparecían jovencitas de peinados y vestidos elaborados, invariablemente bonitas, que ni trabajan ni hilan.

Llegaba la noche y las colmenas gargantuescas invertían el proceso y se tragaban de nuevo a las hordas que habían vomitado por la mañana.

Los fonógrafos sonaban estentóreos, las voces se alzaban en babeles de canciones, discusiones o risas estridentes.

Medianoche, y el estrépito se apagaba. El sueño, tan avasallador y aniquilador como un apagavelas, traía la paz, solo rota cuando una fiesta tardía y ruidosa era silenciada por un instante con voces somnolientas e irritadas que gritaban: «¡Eh, bajen la voz ahí abajo!».

Fue en una de estas inmensas madrigueras de conejos donde Mimi encontró refugio. La casa en la que vivía dominaba a la mayoría de las

254