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XIX

—No seas tonta —se reprendió—. Serías una buena imbécil si te dejaras interesar. No tiene remedio. No puede conducir a otra cosa que a la amargura y a la desilusión. ¡Conserva la cabeza fría! ¡Conserva la cabeza fría!

Se dio este prudente consejo y se descubrió a sí misma desatendiéndolo de inmediato. Se alegró cuando terminó la cena y pudo escapar, aduciendo dolor de cabeza y cansancio. A salvo en su habitación, intentó apartar de su mente los ojos desparejos y los dientes torcidos de Jimmie Forrester. Fracasó. Tenía miedo: un miedo terrible. Sabía que era una locura, un suicidio, demencia. Pero la visión persistía. Durante años se había sentido sola de un modo impreciso, había deseado la compañía de algún hombre que fuera para ella la suma de los ideales que atesoraba como los más deseables. Esos arrebatos se habían presentado con poca frecuencia, rompiendo solo en muy raras ocasiones la coraza vítrea con la que sus experiencias la habían revestido. Pero, al fin y al cabo, eran fáciles de sacudirse de encima, pues no había existido un hombre de carne y hueso, sino un ideal de su propia construcción que nunca había tomado forma corpórea. Ahora que había conocido a Jimmie Forrester, comprendía vagamente que no era tan inmune como se había imaginado. Se quedó dormida, preocupada.

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