otras del bloque; presumía en el vestíbulo de entrada de hileras de palmeras polvorientas pero imponentes, plantadas en macetas pintadas de un verde bilioso, y entre estas reliquias tropicales se encontraban unas sillas de aspecto incómodo de falso petit point. Nadie parecía conocer el propósito de estas sillas, que a Mimi siempre le recordaban a las fotografías que había visto de la silla eléctrica de Sing Sing, ya que ni el residente más antiguo de la casa, que llevaba viviendo allí año y medio, había visto jamás a nadie sentado en ellas. Pero aportaban categoría, distinción, éclat. Y asimismo añadían unos cuantos dólares al alquiler de cada apartamento así adornado.
Ella no había querido irse de Harlem. La señora Rogers había discutido, suplicado, casi llorado. A veces Mimi había estado a punto de ceder, casi había pensado seriamente en intentar aguantar.
Cada vez que se había convencido casi de que ese era el camino más sabio y el único, le llegaba alguna nueva prueba del calvario y la hacía jurar de nuevo que no intentaría superarlo viviendo allí.
Años antes había oído una historia que Booker T. Washington había contado en la que comparaba a los negros con una cesta de cangrejos en la que, cuando uno de ellos había trepado con gran energía casi hasta la parte superior de la cesta y la libertad, los demás, menos progresistas que él, estiraban las pinzas y lo volvían a arrastrar a su propio nivel. En su momento, aquello le había parecido meramente una historia eficaz acuñada con fines oratorios, pero ahora su aplicabilidad se le imponía con dolorosa verdad.
Aunque se había recuperado en gran medida de la intensa conciencia racial que sus experiencias en los disturbios de Atlanta le habían infundido, Mimi, a pesar de los defectos que veía en su propia gente, les tenía una lealtad y un afecto que rozaban la obsesión. Jamás hablaba de este sentimiento, pues sentía que para quienes lo entendían las explicaciones eran innecesarias, mientras que para quienes