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VI

Y la estrategia de Jean no fue un fracaso absoluto. A Mimi le producía un deleite casi malicioso descubrir en las clases que conocía más o menos un soneto de Shakespeare, que sabía quién era Chaucer, que Tennyson era algo más que la figura vaga de un hombre que había «escrito poesía o pintado cuadros o algo así». Solo con Hilda se abstenía de recalcar, aunque fuera con la mayor suavidad, las ventajas que le confería haber elegido a un padre como Jean. Con Hilda compartía las historias que le daban placer y, con el permiso de Jean, le prestaba libros, y con ello se forjó otro vínculo entre ellas.⁠ ⁠…

Al son pregonado por trompetas del marcial «Dios de nuestros padres, cuya mano omnipotente...», Mimi e Hilda, ataviadas con vestidos blancos y vaporosos idénticos en tela y diseño a los de otras treinta, avanzaron marchando una soleada mañana de junio cuando el nuevo siglo había llegado a su undécimo año.

En sus manos apretaban rollos de papel, cada uno atado con un lazo de cinta.

Las tareas requeridas para la culminación del curso de la escuela normal habían concluido, se otorgó el sello de aprobación oficial. Hubo regalos y felicitaciones, fiestas y suspiros de alivio de que todo hubiera terminado.

Jean estaba sentado entre la multitud de padres y familiares en los asientos reservados para ellos, con los ojos húmedos mientras veía a su pequeña Mimi superar otro hito entre aquel día en que había aguardado con ansiedad ante la puerta de Margot y la edad adulta.

Mientras la música ascendía con paso sonoro, volviéndose cada vez más tenue a medida que el enorme coro seguía a los graduados fuera de la capilla, revivió una vez más los cortos veinte años que habían transcurrido tan milagrosamente a toda velocidad sobre pies alados.

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