menosprecio. En marcado contraste con sus modales antes joviales y amistosos, se volvió casi maliciosa en pequeñas crueldades hacia los tenderos, los buhoneros, los dependientes de las tiendas que casualmente eran blancos. En estos episodios disfrutaba agudamente del hecho de que su piel del color de la crema, su apellido galo y su acento francés le otorgaban inmunidades que tal vez no habría poseído de haber sido más claramente
Cuando recién había llegado a Atlanta, había sido quisquillosamente crítica de las debilidades y los pequeños vicios de sus nuevos amigos. Se había repugnado ante sus habladurías, su destrucción de reputaciones basándose en informes escasos e imperfectos de supuestas faltas. Había odiado la obsesión de los hombres por hacer dinero, la competencia entre mujer y mujer en los vestidos, en la suntuosidad de las recepciones y de las casas.
Pero con el paso de los años y en particular tras las escenas que había presenciado en los disturbios, comenzó a tomar todo esto como algo natural y descubrió que ya no la escandalizaba ni le molestaba. No sabía si se estaba endureciendo ante el nuevo orden, si estaba sucumbiendo al nuevo punto de vista.
Su relación con Jean y la falta de contacto en su juventud con niños de su misma edad le habían otorgado una madurez mental muy adelantada para sus años. Ahora le dolía darse cuenta de que sus charlas con Jean eran cada vez más infrecuentes y que, cuando se producían, había en ellas algo menos de comprensión que antes. Su sentido de la lealtad le impedía pensar conscientemente en que Jean estaba siendo rápidamente dejado atrás por el curso de los acontecimientos, en que ella, que una vez había visto la vida cara a cara con él, le llevaba mucha ventaja.