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XXII

Como era su costumbre, la palabra «pocos» significaba lo mismo que una «multitud» para la mayoría de la gente. Y Mimi, con una sonrisa dirigida a Jimmie, advirtió que la señora Crosby había demostrado su habitual falta de tacto al seleccionar a sus invitados. Era una reunión heterogénea —«debe de haber escrito los nombres de todas las personas que ha conocido en su vida, haberlos metido en un sombrero y luego haber sacado los primeros cuarenta», fue el comentario susurrado de Jimmie. Mimi vio a siete u ocho de los socios comerciales del señor Crosby a quienes ya conocía. Había dos parejas de ancianos, vestidas formalmente, pero que se veían claramente incómodas y desentonadas, quienes, según se enteró Mimi, eran unos parientes de Iowa de la señora Crosby.

En el otro extremo de esta gente ingenua se hallaban varios representantes de la farándula, en ese momento «en el paro». Mimi le había oído a Jimmie hablar del interés recientemente adquirido por el señor Crosby en el teatro. Jimmie había contado la historia con mucha picardía y numerosas guiñadas de ojos elaboradamente significativas: «Horace insinúa que podría invertir algo dinero en una obra o dos, dice que un hombre “debería tener otros intereses además de su negocio”». Me gustaría saber cómo se llama y qué aspecto tiene, había terminado Jimmie su relato.

Entre los invitados de Iowa y los de Broadway se escalonaban representantes de varios grupos, como solo pueden reunirse en una ciudad como Nueva York. Y apartado en un rincón, observando con ojos sabios, tranquilos e inescrutables a la muchedumbre de personas que charlaban vivamente, se encontraba el hombre que Mimi adivinó acertadamente que era el invitado de honor, escuchando a Horace Crosby, quien hablaba con una locuacidad inusual.

—Qué bueno que viniste, querida Mimi —se acercó la señora Crosby susurrando, mientras le daba unas palmaditas rápidas en el brazo a Mimi—.

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