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VII

Verso tras verso contaba con terrible inevitabilidad la sombriza historia de Su agonía y sacrificio, y para Mimi, cada vez que escuchaba la canción, ella revivía las torturas del Crucificado. Siempre ansiaba que llegaran los versos de esperanza y felicidad, cuando hacían rodar la piedra, cuando Él resucitaba de entre los muertos. El «Oh⁠—oh⁠—oh⁠—oh⁠—» ascendente y descendente que precedía al lamento, «A veces hace que me estremezca⁠—estremezca⁠—estremezca», se transformaba ahora, de dolor, compasión y sufrimiento, en un peán exultante y feliz de júbilo desbordante por la resurrección. A Mimi siempre le alegraba llegar al aire libre de la calle; la canción le provocaba demasiadas cosas en lo más hondo. Después sentía como si hubiera sido víctima de una extraña metempsicosis: que durante los minutos que duraba el canto su alma había volado de su propio cuerpo al de otro ser más singular, más sensitivo, de cuerdas más delicadas, dotado de una belleza y una comprensión infinitas, para regresar tan solo cuando el hechizo se había roto.

Los demás spirituals obraban en ella hechizos de diversa índole. Carl la llevaba con frecuencia a iglesias apartadas, algunas albergadas en edificios miserablemente pobres y destartalados, otras en construcciones más pretenciosas. En todas ellas halló esa profunda devoción, esa fe, esa esperanza y esa paciencia inquebrantables que le resultaba cada vez más fácil comprender. La mayoría de los feligreses eran personas humildes y sencillas, con envidia, malicia y pequeñez como el resto de los humanos, pero bendecidas con ese raro don de elevarse emocional y espiritualmente muy, muy por encima de sus vidas y naturalezas materiales. La invadía una rabia incontenible cuando percibía, con demasiada frecuencia, que el predicador era muy inferior a su grey, que jugaba con las emociones, los temores y las esperanzas de estos solo para ganarse un pasar cómodo libre de fatigas excesivas. Estas sanguijuelas, que se enriquecían a costa del

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