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XVI

El único nexo con ambos episodios de su vida —pues ahora los consideraba meros episodios— era Petit Jean, quien servía como vínculo y como centro de todas sus esperanzas para el futuro. Bajo la hábil guía de su tía, se había despojado de su morosidad y de sus arrebatos de desaliento, y trabajaba infatigablemente para conseguir todo aquello que traería la felicidad a ella y a Jean.

A sus espaldas quedaban la desilusión y la tristeza; ante ella solo aguardaba la esperanza. En este estado de ánimo acudió con su tía, un viernes por la noche, a un baile en el Manhattan Casino. Las habían invitado a unirse a un palco en el que participaban varios jóvenes —tres o cuatro muchachos y tres chicas además de Mimi—, además de la señora Rogers y otras dos personas mayores. Para el baile, Mimi se había confeccionado un vestido de fiesta de charmeuse verde pálido, verde con el verdor de las hojas nuevas en primavera, un verde indefinible a medio camino entre el jade y el verdenil.

—Pareces un capullo de rosa, una flor maravillosamente dorada brotando de su verdor frondoso —le susurró Tom Henderson mientras bailaban juntos.

El no muy sutil cumplido complació a Mimi. Estaba contenta también de ser capaz de sentir placer por tal motivo —se había creído inmune a los cumplidos de esta índole—; se imaginaba que había dejado todo aquello atrás para siempre. Se alegraba de que no fuera así; al fin y al cabo, todavía era joven. Y él le había parecido tan sincero cuando lo había dicho.

All the evening she danced, danced with a lightness and ease that brought young men in droves to the box when she rested there between dances. Her feet seemed endowed with wings, for she moved over the floor without conscious effort.

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