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XXI

Por las mañanas, ataviada con un negligé, servía el café de Jimmie y comentaba con mayor o menor interés las cosas que él le leía, entre bocado y bocado, del periódico matutino. Prefería que no le leyera, pues en cierta medida le estropeaba su propia lectura del periódico después de que él se hubiera marchado. A él le gustaba contarle lo que había pasado, por lo general precedido por la exclamación: «¡Vaya, mira esto! ¡Menudo lío! ¡Escucha!». Y obediente, ella lo escuchaba leer cómo Harry Thaw estaba a punto de recuperar por fin la libertad o cómo Babe Ruth había conectado otro cuadrangular, o se enteraba de que otra mujer le había disparado a un hombre que la había traicionado. Esas noticias, junto con las páginas financieras, ponían fin al interés de Jimmie por el diario, ya que rehuía de todas las noticias de Washington o Europa como si hubiera evitado la peste: «¡Les dejo esa porquería pesada a los pajarracos con gafas a los que les gusta!».

Jimmie dutifully kissed and sent to the office, Mimi did what household duties she wanted to do, went shopping or to a matinée, and then waited for Jimmie’s homecoming and dinner.

In the evening they went to the theatre or to a supper club or cabaret or, occasionally, they dined at the Crosbys’ or with other friends or in turn entertained at dinner.

Her placid existence was so restful, so different from the stormy life which had been hers that Mimi wished it could be forever the same simple one.

Cuando Jimmie había descartado sus intentos de explicarle por qué no podía casarse con él, Mimi había dispuesto firmemente su voluntad para asegurar algo de esa felicidad que se le había escapado.

Con determinación resolvió que sería feliz, olvidaría todo lo que había quedado atrás y, dedicando todas sus energías a hacer que Jimmie estuviera contento, alcanzaría también la satisfacción para sí misma.

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