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Capítulo II

“¿Qué importa que André, Raoul o Emile tengan mejores carruajes que nosotros?, ¿más dinero en el banco?, ¿significa eso que son más felices que nosotros? No, no, ¡chere Marie! La felicidad no se puede comprar con dólares; mira a los estadounidenses al norte de la calle Canal y verán que tengo razón. Se atropellan, pelean y maquinan para ganar unos cuantos dólares y, cuando los tienen, ¿qué hacen? ¡Pelean, se atropellan y maquinan para conseguir más!”.

Al principio dejó que la discusión terminara ahí. Pero pronto comenzó a señalar que semejante filosofía denotaba solo pereza —hasta absurdidad—. Jean, a su vez, recibió su creciente irritación con silencio acompañado de una sonrisa satisfecha como la que un padre le dedicaría a las necedades de un niño. Parecía decirle: «Mujer tonta, estás tan equivocada que resulta inútil siquiera discutir el asunto contigo; no podrías entenderlo ni aunque lo intentaras».

Si Jean hubiera buscado la manera de enfurecer a Mary con más seguridad, no habría encontrado ninguna tan eficaz como esta.

Lenta al principio, y luego con creciente vigor, ella arguyó, le suplicó, despreció o ridiculizó su actitud despreocupada. Lo encontró inflexible y su irritación se transformó rápidamente en recriminación.

Mañana, tarde y noche lo regañó. Le escribió a su padre, quien había invertido fuertemente en una compañía de seguros industriales dirigida por negros en Atlanta. Con su criterio vindicado, el señor Robertson usó su influencia y Jean recibió una halagüeña oferta para asociarse con la compañía de Atlanta.

Como regalo de bodas tardío, el señor Robertson les ofreció una casa en Atlanta, amueblada y lista para ser ocupada de inmediato.

Entonces comenzó la verdadera lucha.

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