—No intentes hacerte la recatada, Mimi, ni evadas mi pregunta —acusó Carl casi con ira—. Me dijiste que me alejara de ti—
Eludió el desafío.
—Últimamente he estado oyendo hablar mucho de ti —intentó cambiar de tema.
—¿Y qué? ¿Y de qué sirve hablar de esto? Aquí la gente hablaría hasta de Jesucristo mismo.
Mimi lo observaba atentamente. Era este un estado de ánimo más nuevo y amargo que cualquiera en el que lo hubiera visto hasta entonces. Y además tenía mal aspecto.
Su rostro estaba demacrado. Bajo sus ojos había ojeras oscuras, y los ojos mismos estaban hundidos, enrojecidos. Profundas líneas surcaban su rostro. Se le veía distraído, miserable.
Mientras ella miraba, su rostro se suavizó y lo hundió entre las manos. Con voz apagada, comenzó a hablar de nuevo.
—Mimi, soy una criatura débil y viciosa, y no le sirvo para nada ni a mí ni