ella. Cuando pasó el tiempo sin perspectivas de un heredero, le había hablado a Jimmie de un muchacho muy cercano a ella, a quien él había dado por sentado que era el hijo de un pariente. Él le había insistido en que lo llevara a su casa, pero ella no lo había hecho. Esta sencilla salida al principio la había complacido como una solución fácil, pero no había estado dispuesta a adoptarla. Le habría parecido un engaño practicado hacia Jimmie y, aunque había actuado con el valor implacable que nace únicamente del amor maternal cuando el bienestar de Petit Jean lo requería, no lograba dar este paso ahora que podía cuidarlo y asegurarle todas las comodidades que necesitaba.
Mientras estaba sentada junto a la ventana, pensó en la cena de la noche anterior. La serena dignidad, la sabiduría clarividente del chino habían resaltado con gran claridad sobre el fondo de la gente hortera y superficial que lo rodeaba. Pensó en el concepto que siempre le había venido a la mente al oír la palabra chino: siempre había sido el de un oriental de ojos rasgados arrastrando los pies por el suelo de una lavandería o el de un villano bestial y traicionero sobre las tablas de un escenario o en la pantalla de cine. Pero aun teniendo en cuenta el contraste entre ese concepto estereotipado y el hombre que había conocido en casa de los Crosby, Hseh-Chuan había estado muy por encima de los demás invitados, decidió. No era justo compararlo a él, que debía de ser una excepción incluso en su propio país, con la pobre y patética señora Crosby ni tampoco con Bert Bellamy, producto de la sofisticación de su época. Recordó una frase que había leído en un ensayo de James Branch Cabell: «El hombre es, según dicen, el único animal que tiene razón; y por tanto debe tener también, si ha de conservar la cordura, distracciones para evitar usarla». Cínica, burlona, era verdad, pero al fin y al cabo, ¿no era esa la premisa sobre la cual parecía conducirse la vida hoy en día? ¿Y no buscaban los Eulalia Crosby y los Bert Bellamy y los Jimmie Forresters, sí, los Mimi Forrester también, de forma incesante, ciega, neurótica e inquieta, distracciones para evitar usar eso que llamaban su intelecto?