enorme caserón de torres, torrecillas y abultados miradores adornados en los lugares más inverosímiles e inesperados con sorprendentes variedades de carpintería— a las cinco menos veinte. La señora Daquin conocía el valor de una entrada dramática, la conveniencia de llegar lo suficientemente tarde como para haber permitido la llegada de todos los demás antes que la suya.
No le faltaba razón. En la cálida tarde de abril, la puerta y las ventanas estaban abiertas. Mientras subían los escalones, llegó hasta ellos flotando el murmullo de voces bien educadas, moduladas en el tono justo.
La señora Hunter se apresuró a saludarlos y, por el repentino cese de la animada conversación, Mimi supo que habían estado hablando de su madrastra y de ella. Las condujeron por el amplio salón y las presentaron a cada una de las mujeres elegantemente vestidas que se sentaban en un círculo cuya circunferencia era apenas un poco menor que la de la estancia.
Saludos de «Encantada de conocerla», «Gusto en tratar con usted», «Mis cumplidos» y «Cómo le va» recibió la señora Daquin; «Qué niña tan bonita» y «Qué monada» fueron para Mimi.
Terminado el suplicio, la señora Daquin se dejó caer en una silla cerca de la de la señora Hunter, situándose más o menos en el punto donde habían empezado su circunnavegación de la estancia.
El zumbido de la conversación volvió a empezar. Mimi escuchó el intercambio de recetas e ideas, las discusiones sobre la mejor manera de preparar las mermeladas, los jaleas y los bollos, y las suaves disputas sobre la conveniencia relativa de este u otro establecimiento.
Mimi miró alrededor de la habitación en busca de Hilda Adams, pero no había ninguna persona más joven aparte de ella misma. Empezó a