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XVII

Estos trabajadores entraban por las puertas traseras o laterales, subían a sus mesas de trabajo en ascensores traseros y no veían nada del desfile que se representaba a diario en el mismo edificio.

Tímidamente, Mimi le expuso a la imponente y circunspecta probadora sus aptitudes como experta en la aguja y el dedal.

En estos suburbios menos dignos no hacía falta bajar la voz, y el cúmulo de trabajo de la temporada pre pascual había agrio los caracteres y afilado las lenguas.

Mimi habría huido despavorida de la escena de no haber deseado con tanta ansiedad trabajar, y trabajar en lo de Francine. Tómida, pero desesperadamente, recalcó su capacidad y experiencia. Remató su demanda de idoneidad con su formación en la Escuela de Comercio de Manhattan, aunque la timidez con la que esgrimió este argumento habría arruinado su propósito de no haber existido una necesidad imperiosa de una rematadora en lo de Francine, y una necesidad de lo más urgente en aquel preciso día en que Mimi presentó su solicitud.

Con destreza y rapidez, hizo el trabajo que se le había asignado. Desde las ocho y media de la mañana de cada día laborable hasta las cinco y media, manejaba la aguja con la cabeza gacha sobre la mesa que le habían asignado en el largo taller del cuarto piso. Raras veces hablaba con alguna de las otras treinta muchachas, a menos que le dirigieran la palabra directamente, pero les robaba muchas miradas furtivas, envidiando su descarada seguridad, su total falta de respeto por el entorno, salvo cuando la mirada de la modista o una visita muy poco frecuente de la propia Francine acallaban susurros y murmullos. > «Hablar y trabajar no van de la mano; o se descuida lo uno o lo otro, y siempre es el trabajo el que sufre», le había dicho la modista a Mimi en su primer

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