No tardó mucho tiempo Mimi en conocer con mayor detalle los motivos de la aprehensión de la señora Hunter. Como una gran orquesta que empieza pianissimo una sinfonía, las lenguas comenzaron a chasquear en susurros suaves y crípticos.
Carl, con un desprecio imprudente por las convenciones, no hizo ningún intento por ocultar sus faltas, su desviación de los códigos ultraestrictos que regían a su familia y al círculo en el que esta se movía. Dio a las miradas fisgonas y a las lenguas parlanchinas una abundancia de combustible; su ostentación de las normas locales sirvió de la misma manera que el gesto ascendente de la batuta de un director arrancaría un gran tono creciente de sus músicos.
A Carl no se le volvió a ver en la iglesia a pesar de varias discusiones acaloradas sobre el tema con su padre. Dos veces fue visto en el cine con una chica que era déclassée; años atrás, su nombre se había visto vinculado de manera un tanto oprobiosa al de un hombre casado del pueblo.
Era verdad que no se había presentado prueba alguna de ninguna mala conducta por parte de ellos y, como era costumbre habitual en tales asuntos, la relación del hombre con el escándalo incipiente se había olvidado hacía mucho tiempo. Con el paso de los años, la mancha en su nombre había crecido a través de la propia indefinición del rumor original. Durante años había sido considerada por los buenos cristianos del pueblo casi como si su ofensa hubiera sido la de ser «una mujer de la vida».
Carl conocía a la muchacha desde hacía muchos años, de hecho, desde tanto tiempo atrás como alcanzaba a recordar. Cuando Mimi se