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XI

A medianoche el doctor Adams hizo su última visita del día.

“Ahora está descansando tranquilamente y creo que dormirá toda la noche. Llámame si me necesitas. Y más te vale dormir un poco tú también o tendré dos pacientes”, le aconsejó a Mimi al marcharse.

Sus palabras le hicieron ver a Mimi que estaba cansada. Mandó a la señora Daquin a la cama, diciéndole que ella cerraría la casa con llave y se ocuparía de que todo estuviera en orden. Luego entró de puntillas en la habitación de Jean y lo encontró respirando suavemente, con el rostro sonriente vuelto hacia la puerta.

Cuando llamó a las siete de la mañana siguiente, el doctor Adams dijo que Jean llevaba muerto unas tres horas. Mimi encontró en su rostro la misma sonrisa que había estado allí la última vez que lo había visto.

La señora Daquin entró en la habitación llorando, pero para Mimi no había lágrimas. La muerte le había llegado con demasiada premura; su arrebato veloz de su Jean la había dejado incapaz de pensar, de toda emoción. Se arrodilló junto a la cama, con la cabeza apoyada junto a la de Jean, aturdida, sin palabras. El doctor Adams intentó apartarla, diciéndole que sería mejor para ella si no se quedaba allí demasiado tiempo.

“No, Doctor, soy más feliz aquí. Me quedan apenas unas horas más con Jean. Déjeme aquí a solas, ¿sí?”

Él sacó a la llorosa señora Daquin de la habitación y Mimi se quedó sola con Jean.

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