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IV

Sentía una profunda calidez en su interior hacia aquella mujer que, por desear con tanta avidez el entretenimiento, el contacto con el mundo de las ideas, el estímulo proveniente de las obras que llegaban a Atlanta —y que a su raza se le prohibía ver decorosamente—, corría el riesgo de ser descubierta. Y en la misma medida en que sentía el anhelo de tocar a la señora Adams, de sonreírle y hacerle saber así que se solidarizaba con ella, Mimi detestaba con ardiente intensidad la pequeñez y la envidia de sus detractores.

Tan absorta había estado en la señora Adams, que Mimi no había visto a Hilda, la cual permanecía en silencio justo detrás de su madre.

La señora Adams hizo el amago de alejarse hacia otro grupo y el movimiento dejó a Mimi cara a cara con una muchacha de su misma edad, de grandes y apacibles ojos negros.

Hilda y Mimi se quedaron mirándose la mutuamente, cada una atrapada y retenida firmemente por alguna fuerza, sin que ninguna de las dos supiera cuál era ni que existiera tal fuerza reteniéndolas.

Por un minuto⁠—una hora⁠—un siglo, se quedaron allí incapaces de moverse o de hablar.

El hechizo se rompió cuando Hilda sonrió con timidez y se acercó a Mimi.

En ese instante la señora Adams se volvió hacia Mimi.

“Debes de ser la hijita de la señora Daquin. Esta es mi Hilda...”, comenzó.

“Vaya, veo que ya son amigas”, sonrió.

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